Veinte años después de haber desaparecido del barrio, Garúa vuelve y toca el timbre. No es su casa. Es la casa de su amigo Manuel. Pero, sobre todo, es la casa de Estela, la mujer que cuando era un chico supo ocupar el lugar de la madre que nunca tuvo. Manuel y Garúa son hermanos de leche, de crianza y ahora vuelven a encontrarse. Por ahí está Ismael, padre de familia, remisero. Un hombre cansado que asiste a la presencia de Garúa con una preocupación: cómo hacer para alimentar una boca más.

Veinte años pasaron desde la última vez que ese chico, ahora hombre, estuvo en esa casa. Veinte años, que según el tango no son nada, pero que para Garúa fueron todo. Ya no es el mismo. Lleva en el cuerpo y sobre todo en la cabeza las heridas de un pasado que es un enigma. Garúa no recuerda, no sabe qué fue lo que le pasó para terminar así. Estela necesita saberlo, pero lo que sobre todo necesita es cuidarlo, ser su madre, aunque no lo haya parido.

Esta es la premisa que dispone el relato en Salvador, la primera novela de Sebastián D´Ippolito. Hay un pasado que se escurre entre las grietas del presente, permeándolo todo, incluso la atmósfera de ese mundo cotidiano, barrial, que el autor construye en cada detalle con precisión y belleza. 

Hay en el mundo de Salvador un aroma agrio de fruta podrida. El aroma del silencio, de la mentira. Todos ocultan algo. Todos conviven y sobreviven en base a códigos y esperanzas. Todos se muestran frente a los demás con una máscara y así perduran. 

Es Garúa el que viene a romper el status quo. Ya sin barreras para sostenerse en la mentira, se vuelve el espejo opaco donde los demás prefieren ni mirarse o la tabla de salvación para empezar de nuevo.

Juan Carrá


Salvador - Sebastián D'Ippólito

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Veinte años después de haber desaparecido del barrio, Garúa vuelve y toca el timbre. No es su casa. Es la casa de su amigo Manuel. Pero, sobre todo, es la casa de Estela, la mujer que cuando era un chico supo ocupar el lugar de la madre que nunca tuvo. Manuel y Garúa son hermanos de leche, de crianza y ahora vuelven a encontrarse. Por ahí está Ismael, padre de familia, remisero. Un hombre cansado que asiste a la presencia de Garúa con una preocupación: cómo hacer para alimentar una boca más.

Veinte años pasaron desde la última vez que ese chico, ahora hombre, estuvo en esa casa. Veinte años, que según el tango no son nada, pero que para Garúa fueron todo. Ya no es el mismo. Lleva en el cuerpo y sobre todo en la cabeza las heridas de un pasado que es un enigma. Garúa no recuerda, no sabe qué fue lo que le pasó para terminar así. Estela necesita saberlo, pero lo que sobre todo necesita es cuidarlo, ser su madre, aunque no lo haya parido.

Esta es la premisa que dispone el relato en Salvador, la primera novela de Sebastián D´Ippolito. Hay un pasado que se escurre entre las grietas del presente, permeándolo todo, incluso la atmósfera de ese mundo cotidiano, barrial, que el autor construye en cada detalle con precisión y belleza. 

Hay en el mundo de Salvador un aroma agrio de fruta podrida. El aroma del silencio, de la mentira. Todos ocultan algo. Todos conviven y sobreviven en base a códigos y esperanzas. Todos se muestran frente a los demás con una máscara y así perduran. 

Es Garúa el que viene a romper el status quo. Ya sin barreras para sostenerse en la mentira, se vuelve el espejo opaco donde los demás prefieren ni mirarse o la tabla de salvación para empezar de nuevo.

Juan Carrá


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