Un hombre arroja las cenizas de su madre a las olas. Después, camina como si quisiera trazar un mapa de la ciudad. Se sienta en un bar, recuerda. “Mi madre andaba en la luz”, escribe Haroldo Conti. “Mi madre es la risa, la libertad, el verano”, escribe el poeta Héctor Viel Temperley. Sobre un cuerpo ausente, de Juan Bautista Duizeide, construye a una madre que aparece montada en el “susurro de luz de las olas”. Ellas son la materia de la cual está hecha la vida de ese hijo y los renglones donde compone su odisea del tiempo perdido.
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Un hombre arroja las cenizas de su madre a las olas. Después, camina como si quisiera trazar un mapa de la ciudad. Se sienta en un bar, recuerda. “Mi madre andaba en la luz”, escribe Haroldo Conti. “Mi madre es la risa, la libertad, el verano”, escribe el poeta Héctor Viel Temperley. Sobre un cuerpo ausente, de Juan Bautista Duizeide, construye a una madre que aparece montada en el “susurro de luz de las olas”. Ellas son la materia de la cual está hecha la vida de ese hijo y los renglones donde compone su odisea del tiempo perdido.